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MARIA BAYO: ORO PURO
Juan P. Arregui
ABC, 29 de mayo de 2001
Crítica de Música, pág. 39
        Una voz intensamente dorada, esmaltadísima, una técnica soberbia, una inteligencia musical mayúscula, honda sensibilidad, personalidad comunicativa y simpatía a raudales: todo esto y más fue lo que nos regaló el domingo la inefable María Bayo. El recital dio comienzo con un bloque dedicado a arias antiguas italianas donde la soprano navarra demostró su excelente savoir faire. Desde el Bella Bocca de Pasquini con que se abrió la parte hasta Son ancor pargoletta de P. F. Cavalli, María Bayo desplegó todo un muestrario de colores, de acentos, de matices siempre sustentados en su absoluto control de la respiración, intachable colocación de la voz y dominio de la reproducción canora que, junto a un respeto exquisito por el texto verificado en su impecable dicción, dieron como resultado la primera ovación de la velada por parte del público.
        El ambiente estaba ya caldeado y le tocaba el turno a Mozart, una de las especialidades de la casa. Siempre segura y profunda conocedora de las posibilidades y recursos de su instrumento, la lectura ofrecida de las páginas del compositor salzburgués (que incluían las poco frecuentes Dans un bois solitaire y An Chloë, a pesar de algún ligero apuro en Voi avete un cor fedele, dejaron constancia del prestigio adquirido como intérprete mozartiana, luciendo un timbre acrecentadamente lírico, de centro vigoroso y notable potencia que no ha perdido un ápice del brillo fúlgido ni de la rutilante frescura de sus inicios. Montsalvatge, por último, propició el clímax con un Punto de habanera delicioso, lleno de espíritu y sobre todo un evanescente Canción de cuna para un negrito de antología.
        La segunda parte arrancó con las coloristas melodías populares griegas de Maurice Ravel, si bien con alguna leve dureza momentánea confirmaron su singular versatilidad y esa suerte de espontánea sofisticación connatural a la emisión de la Bayo, a destacar la gozosa Tripatos. Secundada por las buenas artes de un siempre atento Brian Zeger, el pianista demostró su alto nivel y adecuada compenetración con la cantante a lo largo de todo el recital.
        Las Canciones amatorias de Granados cerraron el programa previsto, en las que la intérprete esgrimió con largueza la calidad de su fraseo y eleganta musicalidad como armas infalibles. Bayo se metió al proverbialmente frío público vallisoletano en el bolsillo, y las ovaciones del auditorio en pie se vieron recompensadas por la chispeante Una voce poco fa de El Barbero rossiniano, De dónde venís... (Rodrigo) y una vertiginosa Tarántula (La Tempranica) que volvió a levantar a los asistentes de sus localidades. Como broche la espléndida Canción del ruiseñor (Doña Francisquita, A. Vives): absolutamente espectacular. No hubo más bises, y si los hubo nadie se acuerda.
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EL CANTO HECHO ARTE
Agustín Achúcarro
El Mundo, 29 de mayo de 2001
pág. 28
        María Bayo insiste y tiene razón. Su voz en la actualidad es básicamente la de una soprano lírica que se ha ido ensanchando por el centro y en la que permanecen intactos los agudos. Esto sumado a un estado de forma portentoso y una gran inteligencia musical dieron como resultado un soberbio recital.
        Comenzó con el Barroco, cantado en su justa expresión. Dramatismo que desborda en Fuggite, fuggite de Carissimi, acentos lánguidos, frases largas de Così, Amor, mi fai languir de Stradella, refinado diállogo con el piano en la obra de Cavalli. Adornos y vocalizaciones cantados con sutileza en el juego de volúmenes y colores.
        Después Mozart, el compositor predilecto de la soprano, que en la voz de Bayo resultó de una emoción intensa. A veces se tiende a confundir delicadeza con amaneramiento, y la propuesta de Bayo es precisamente la antítesis de esto último. Es el suyo un Mozart vivo, sugerente, expresado en toda la grandeza de su melodía. Fraseo lleno de intención, picados luminosos, voz que sonó plena en todo su registro.
        Luminosidad muy especial para las dos obras de Montsalvatge con esa Canción de cuna para un negrito cantada con una íntima sensibilidad.
        Comenzó la segunda parte con la tapa del piano abierta, para ofrecer los ricos armónicos de las obras de Ravel y Granados.
        Melodías populares griegas de Ravel. Qué gran intérprete quien puede, como María Bayo, ahondar en el detalle hasta extremos en que una sola palabra como L'eglise pueda volverse infinitamente sugerente. Desenfado, luces vertiginosas, sabores populares culminados con el prodigio de cantar Tripatos con un fraseo fluido y rápido, cargado de fuerza tímbrica.
        Granados y sus Canciones amatorias. Tiempo para hacer aflorar el canto íntimo Llorad, corazón, que tenéis razón, el dramatismo ¡Mira que soy niña!, los acentos sutiles, Iban al pinar, o el esplendoroso poder de la voz en Gracia mía.
        Las crónicas suelen dejar un injusto rincón para el pianista y Brian Zeger fue un fabuloso intérprete. De sonoridades vibrantes, capaz de convertir su parte en protagonista al mismo tiempo que potenciaba el inmenso trabajo de la voz. Cómo captó los diversos mundos sonoros, la expresión que suena siempre nueva de Montsalvatge, o la luz de las canciones de Granados.
        Quedaba aún por escuchar las obras fuera de programa: una inenarrable versión de la cavatina Una voce poco fa de El Barbero de Sevilla de Rossini, De dónde venís amores, La tarántula de La Tempranica y La Canción del Ruiseñor de Doña Francisquita. Después vendría el irrelevante lapsus final y el redoblar de aplausos con un público puesto en pie. Constatación en suma de que hasta el final María Bayo fue grande, en un memorable recital.
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UNA SOPRANO DE ALTA ESCUELA
Emiliano Allende
El Norte de Castilla, ediciones de Palencia, Segovia,
Valladolid y Zamora
29 de mayo de 2001, pág. 50 (edic. Valladolid)
        Recién llegada del Liceo, y de camino hacia el Real, la soprano María Bayo hizo escala en Valladolid, gracias a la Asociación Salzburgo, obteniendo un rotundo éxito, confirmando su estado de gracia que le ha llevado a triunfar en Europa. Todo ello viene cimentado en una voz perfectamente equilibrada en sus registros extremos sobre todo en el agudo. Su timbre cálido envuelve de originalidad y expresión todos los estilos, que aborda con frescura y buen gusto.
        María Bayo es además una cantante inteligente. Basta ver el programa escogido. Para calentar la voz, las canciones de los autores italianos del siglo XVII, desde la gracia melódica de Pasquini, hasta la más comprometida de Cavalli, todas ellas de bellísima factura. Con Mozart llegó la plenitud, sobre todo en el caudal explosivo del registro medio, aunque lo mejor estuvo en los pianos agudos de Ridente la calma y en el dificilísimo artificio de Voi avete un cor fedele. El monumento a lo cantabile se completó con las dos piezas de las canciones negras de Montsalvatge, sobre todo la Canción de cuna para un negrito, donde la sutileza de la vocalización rozó lo sublime.
        La segunda parte más académica comenzó también con un estiramiento vocal relajado en la llanura de las melodías griegas de Ravel, construídas sobre una rica textura pianística. Hasta aquí la presencia sonora del pianista Brian Zeger había ya sido sobresaliente, continuando así en todo momento mostrando una gran musicalidad y perfecta conjunción con la soprano.
        La dificultad del programa llegó a la culminación con las Canciones amatorias, de Granados, en las que los saltos y las notas rápidas hicieron lucir a la soprano su técnica de alta escuela, plasmada en el fraseo y la vocalización. Las ovaciones fueron las mayores otorgadas desde hace mucho tiempo por el público de Valladolid. Los bises fueron antológicos, sobre todo Una voce poco fa, de El Barbero de Rossini. La entrega de la soprano fue tanta que en el último bis se quedó en blanco con el público ya entregado. Un gran éxito.
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¡MARIA BAYO!
Ignacio Fernández de Mata
El Correo de Burgos,
Sociedad, martes 29 de mayo de 2001, pág. 26
       Hay actos que deben ser reseñados como lo que en verdad fueron: memorables; aquellos en los que se produce el encuentro con lo excepcional, con el Arte en estado puro. Tal fue el hermoso recital que la soprano navarra María Bayo diera en el Auditorio de la Feria de Muestras de Valladolid organizado por la Asociación Cultural Salzburgo, a la que aplaudimos su empeño por alcanzar lo estratosférico en un mundo 'de interiormeseteño' tan acostumbrado a la mediocritas como leit motiv.
       Una hermosa sonrisa que llenaba el escenario entero dio paso a una de las más sorprendentes voces del actual panorama operístico internacional: la Bayo obsequió a los asistentes con un estupendo programa meditado y organizado con magnífico sentido de progresión para el instrumento, abordando un conjunto de arias y canciones que partían del barroco italiano hasta llegar al maestro Vives, un repertorio ya 'propio' de la soprano.
       Fue tras las arias antiguas italianas cuando pudimos oír un magnífico Mozart, cristalino y exquisito, lleno de color, pleno del vívido sentido expresivo que requiere el salzburgués sin perder ápice del intimismo -casi podríamos decir preshubetiano- de estas obras, un mundo -el del gran Wolfgang- que tan bien conoce María Bayo, pues no en vano ha cosechado rotundos éxitos internacionales en papeles como (Cherubino, Susanna o Despina).
       Montsalvatge y su mundo antillano dieron paso a las cinco-más-una melodías populares griegas del Maurice Ravel más chispeante y rítmico, para concluir con las Canciones Amatorias de Enrique Granados, llenas de gracia e intensidad -como Llorad, corazón, que tenéis razón, o ¡Mirad que soy niña! ¡Amor, déjame!- donde, tal y como ocurrió durante toda la velada, pudimos apreciar el magnífico fraseo y dicción de la diva.
       Sabido es que los bises constituyen el territorio de lo ya conquistado, pero no cedió por ello la Bayo en su calidad poniendo al público en pie -incluídos el presidente de la Junta, Juan Vicente Herrera, y el consejero de Educación y Cultura, Tomás Villanueva- con Una voce poco fa ('EI Barbero de Sevilla', Rossini), De dónde venís, amore ('Cuatro madrigales amatorios', Rodrigo), la Tarántula (Gerónimo Jiménez) y Doña Francisquita. El acompañamiento del norteamericano Brian Zeger al piano fue simplemente soberbio.
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MARIA BAYO O LA SUPREMA LEY DEL CANTO
Agustín Achúcarro, para
mundoclasico.com.
         Había expectación en Valladolid por escuchar a la soprano María Bayo, alimentada por los ecos de sus innumerables éxitos, algo lejanos como los de Salzburgo o más próximos como su Manon del Real. Faltaron, eso sí, reflejos en la clase política para trasladar el recital de la sala prevista al Teatro Calderón.
         Su primer contacto con la ciudad llegó a través de la palabra en la rueda de prensa anterior al concierto: "no quiero que se olvide la tradición de los autores españoles por eso los incluyo en los programas". "El recital es un género muy complicado, más que la ópera o el oratorio, pues estás sola ante el público y el contacto es inmediato". "El concierto es un momento de recibir, de percepción en un mundo en el que parece que prevalece la cultura de lo inmediato".
         La soprano llegó al concierto en un estado de forma increíble, con un centro de voz por días más ancho y rico y unos agudos que permanecen intactos en su brillo. Luego está la sensibilidad, la inteligencia, para hacer música, para abordar los diferentes estilos.
            Comenzó con obras de Pasquini, Stradella, Busati o Cavalli. Llegó después Mozart, punto de inflexión, en el que relució el fraseo lleno de intención, la transparencia de los picados, en una voz que sonó plena en todo su registro. Ridete la calma, Un moto di giogia, Voi avete un cor fedele, obras ofrecidas en toda su profunda melodía, sin caer en ningún atisbo de cursilería o empalagamiento.
         Cerró la primera parte con dos canciones de Montsalvatge, luminosas, íntimas, como esa Canción de cuna para un negrito que rebosó sensibilidad.
            Segunda parte dedicada a Ravel y Granados. En las canciones griegas del compositor francés, la soprano demostró la versatilidad de su voz, capaz de dar a una palabra múltiples significados, de cantar en toda su vitalidad y frescura canciones como Tripatos. En las canciones amatorias de Granados, pasó del canto íntimo al dramatismo contenido o al lucimiento de todo el poderío de la voz.
         Junto a ella un Brian Zeger espléndido durante todo el recital. Fue protagonista y al mismo tiempo supo doblegarse a los requerimientos de la voz, para mostrar aun más nítidamente sus cualidades.
         El éxito estaba asegurado y el público reaccionó volcado con la soprano en interminables aplausos. Y llegó el turno de las obras fuera de programa con una inenarrable 'Una voce poco fa' de El Barbero de Sevilla rossiniano, De donde venís amores, "La tarántula e un bischo mu malo" de La Tempranica, la "Canción del ruiseñor" de Doña Francisquita y una no concluida propina final, anécdota que provocó aún si cabe más aplausos.
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