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EL LIED EN ESTADO PURO Y
LA IMPOSICION DEL ARTE
Agustín Achúcarro El Mundo/ Diario de Valladolid,
Cultura, sábado 10 de febrero, pág. 35
       Barbara Hendricks y Staffan Scheja ofrecieron un recital en el que se impuso el arte. La soprano convirtió en emociones absolutas los lieder de Hugo Wolf y de Richard Strauss en una actuación en la que siempre ofreció algo, incluso en aquellos momentos que pudieron resultar menos brillantes.
       Comenzó el recital con los lieder de Brahms, canciones en las que predomina la línea de canto, expuestas con naturalidad, sin afectación. La voz algo tensa en el inicio y levemente rígida, tornándose paso a paso en profunda expresión, con un color cada vez más intenso. Carácter doliente subrayado por un legato sostenido en Immer leiser wird meine Schlummer, y matización absoluta en la Canción de la muchacha.
       Después llegarían las canciones de Hugo Wolf, culmen del lied romántico, donde el canto se convierte en un continuo recitativo arioso.
       Allí donde se impone la declamación y la intención son imprescindibles sensibilidad y captación psicológica, algo que llevó al extremo Barbara Hendricks. Selección de los Goethe Lieder, emoción que brota de la profundidad e intención del canto. Acordes desnudos, ambiente doloroso, transmitidos por la voz en Mignon I, tensión ahogada en la frase última de Mignon III, atmósfera intensa que se vivió hasta en los silencios. Con los Moerike Lieder continuó la profunda visión de las obras, plasmada en un rubato, en la delicadeza extrema del piano, en la forma de tocar unos arpegios, en ese cantar aparentemente fácil, pleno de carga emocional. Nada de aspecto más sencillo, y nada más difícil que desentrañar el sentido de unas composiciones llenas de contenido.
       Las medias voces y el fraseo ágil dominaron en Begegnung y se convirtieron en canto penetrante apoyado en el registro central en Adiós.
       Canciones de Poulenc bien cantadas, aunque quizá no alcanzaron el clima logrado con Wolf.
       Cuatro lieder de Richard Strauss apuntan el final del recital. Auténtica creación de ambos intérpretes, soberbios en Ruhe, meine seele, donde volvieron a ser protagonistas el silencio, la pausa, el canto mínimo; poesía luminosa en Cecilia, culminado todo por una visión sensible de Morgen.
       Muchos aplausos de un público desbordado en todos lo sentidos, ya fuera por el alto nivel del recital o bien por lo sorprendente de un género no siempre asequible.
       Aún interpretaron cuatro obras fuera de prograrna: Canción triste de Duparc, canción española de Delibes, el Ave María de Schubert -desprovisto de las exageraciones de rigor- y el espiritual negro Give me Jesus.
       Todo un éxito que debería obligar al Ayuntamiento y al Calderón a gestionar el que se celebre en dicho teatro el recital de otra de las grandes, María Bayo. De no hacerlo sería, aparte de un agravio comparativo, una desconsideración hacia el recital de la soprano.
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MAS QUE UNA DIVA
Miguel A. Nepomuceno
Diario de León
Pág. 71, Cultura/ Crítica de Música
sábado, 10 de febrero de 2001.
       La presencia de Bárbara Hendricks en cualquier escenario del mundo es siempre un acontecimiento cultural de primer orden y un testimonio impagable del arte de una soprano que con su voz de cristal ha llevado consuelo a los más necesitados en los rincones más sórdidos del planeta. Organizado por la Asociación Salzburgo, el Teatro Calderón de Valladolid fue el escenario privilegiado para que la voz más dulce del lied ofreciera uno de sus multitudinarios recitales acompañada al piano por el magnífico Staffan Scheja y volviera loco a un auditorio no muy versado en el arte canoro pero sí entregado y agradecido.

       El momento vocal por el que pasa la soprano estadounidense es de absoluta plenitud como quedó patente en el extenuante recital de más de dos horas y media que ofreció casi ininterrumpidamente. El repertorio con el que se presentó en Valladolid es todo un muestrario de la versatilidad de esta sensacional cantante que en ningún momento mostró fatiga, inseguridad o rutina. Se presentó a modo de gran diva pero sin la afectación ni los tics de éstas. Sencillamente fue una servidora del arte y una oficiante excelsa de lo que significa la palabra al servicio de la música. Contundente y precisa, Bárbara Hendricks arrancó con once canciones de Brahms en el más puro estilo liederista de los cincuenta. Agudo limpio y fácil, centro cálido y pastoso y una técnica consumada dentro de una cuidada línea de canto, efusiva y comunicativa. Todo el lirismo que algunas de estas canciones de Brahms encierran, las libó la Hendricks con ese enorme encanto supeditado a la fuerza infalible del uso expresivo que, como un torrente, mana de su voz. Cómo si no se puede decir ese "Von ewiger Liebe" (Por un amor eterno), de la forma como la soprano lo desgranó si no es con una construcción perfecta de cada frase, destacando el momento más punzante del mensaje dramático, sin precipitaciones y con ese innato sentido del equilibrio que la permite salir indemne y no despeñarse en los abismos de la floritura inútil.

       Fue con Hugo Wolf con el que la cantante norteamericana puso al respetable en el límite de la emoción incontenida. La forma como dijo ese "Verborgenheit" (Soledad), cuando casi con un susurro exclamó "¡déjame, oh mundo, déjame vivir en paz!", el "Adiós" descarnado con el que cerró este grupo de páginas exquisitas, mostraron al buen gourmete que aquello era oro de 24 quilates. La calidez de los textos elegidos, el desarrollo del piano, en todo momento milagroso entre los ágiles y nunca premiosos dedos de Staffan Scheja, hicieron de esta selección de canciones algo difícil de olvidar.

       Continuó la velada con la hermosa "Muchacha de Lieja" de Poulenc, un hermoso cuento de hadas hecho poesía y un perfecto vehículo para la belleza canora de la Hendricks. El "Aria Triste", la convirtió en una suerte de despedida amorosa con momentos de una tensión dramática insoportable ante el desgarro con el que la soprano la ofreció. Puro oro líquido, capaz de plegarse a sinuosas medias voces de tupido terciopelo, hasta conseguir una sensualidad desgarrada y auténtica.

       Cerró el extraordinario recital cuatro canciones de Strauss que se encuentran entre lo mejor que saliera de la pluma del autor de los "Cuatro últimos lieders". La impecable técnica unida a una potente pero muy bien impostada voz hicieron de cada frase de "La Mañana" una suerte de caleidoscopio maleable y transparente que apoyadas en un legato perfecto configuraron un paisaje lleno de ternura, de emoción y de entrega. Las propinas con el público puesto en pie, se sucedieron hasta cuatro, "Canción Triste", "Canción Española" de Delibes, "Ave María" de Schubert y el espiritual "Give me Jesus", que acabaron con todo el auditorio rendido a los pies de una de las cantantes que con su voz de cristal restituye al arte lírico su auténtico y verdadero valor.
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EXPECTACION SATISFECHA
Juan Aguirre
ABC, sección local, pág. 38
sábado, 10 de febrero de 2001
        Notable expectación causó el recital que la soprano,norteamericana de nacimiento pero de nacionalidad sueca, Barbara Hendricks, dio la noche del jueves en el Teatro Calderón. Con un lleno considerable en la sala, aunque no absoluto, la cantante ofreció un amplio y coherente programa acompañada al piano por Staffan Scheja, su partenaire habitual en estas lides y en estos lieder.
        Tras unos comienzos un tanto fríos, la diva fue ganando en comodidad y ánimo a lo largo del primer bloque, dedicado a Johannes Brahms, hasta conseguir momentos de gran efusión lírica, fraseando con sensibilidad y expresión en piezas como Von ewiger Liebe, y creando en ocasiones una atmósfera emotiva introspección, caso de Es träumte mir.
        El segundo bloque de la primera parte se centró en los Mignon Lieder de Hugo Wolf que, al no hallarse entre las creaciones de mayor dramatismo del compositor, resultaron adecuadas a los medios y a la línea de la soprano (a destacar la grata interpretación de Philine). Aplauso regular de un público reservado.
        Tras la pausa, la segunda parte del recital continuó con Wolf y sus Mörike Lieder para pasar seguidamente a los Trois Poémes d'après Louise de Vilmorin de Francis Poulenc. A pesar de cierta excesiva cubrición en la zona aguda y de una tenue pesadez vocal en alguna frase (vocalizaciones poco ágiles del Air vif, no cabe duda de que Barbara Hendricks es poseedora de una bellísima, aunque no muy grande, voz que maneja con seguridad.
        Para finalizar, los Cuatro lieder op. 27 de R. Strauss que, siempre delicada, la soprano resolvió con estilo riguroso, coloreando y matizando pero sin caer en efectismos superficiales, aunque forzando el canto en ocasiones para otorgar densidad a sus algo desguarnecidos graves.
        La colaboración de Scheja al piano resultó solidaria, ajustada y lucida durante toda la actuación, compartiendo protagonismo con la voz en más de un lance.
        Ovación entusiasta que obligó a la intérprete a saludar repetidamente y a regalar a su auditorio con cuatro propinas, entre las que destacaron una estimable lectura del Ave María de Schubert y, como despedida, un espiritual lleno de encanto y exuberante de estilo.

        Una excepción solventada con ingenio
        Valladolid, F. I.
        A pesar de que el concierto del jueves de Barbara Hendricks se ofreció en el Calderón, por motivos de aforo, la Asociación Cultural Salzburgo tiene su sede escénica en el Auditorio de la Feria de Muestras.
        La razón no se le escapa al aficionado: la pésima acústica del Calderón, que ha llevado a la Orquesta Sinfónica de Castilla y León a sonorizar electrónicamente parte del sonido que ofrece en sus conciertos de abono.
        Y en la noche del jueves se tuvo que tirar del ingenio para salvar esta deficiencia. Y éste fue el adelantar el proscenio sobre las primeras filas del patio de butacas, las mismas que cubren el foso.
        Pero esta excepción no volverá a repetirse, al menos por esta temporada, ya que el resto de los conciertos de la Salzburgo serán en el Auditorio: Niños Cantores de Viena (9 de marzo), Kristian Zimerman (10 de marzo), Teresa Berganza y Cecilia Lavilla (23 de abril) y María Bayo (27 de mayo).
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LA VERDAD INTIMA DEL LIED
Emiliano Allende
El Norte de Castilla, sección Cultura, pág. 54,
sábado, 10 de febrero de 2001.
        La Asociación Salzburgo acaba de alcanzar su mayor éxito desde sus comienzos con el concierto de ayer. Barbara Hendricks es mucho más que una soprano. Su presencia llena de energía cada recinto, sobrepasando el interés puramente musical para trascender a través de su identificación con la defensa de los derechos humanos. Su primera gran virtud es que predica con el ejemplo. El recital de ayer fue de una entrega y generosidad poco comunes en una estrella de su categoría. Fue además un recital sin concesiones, profundo y completo. Una lección magistral. La revelación de la verdad íntima del lied.
        Y esa verdad empieza en Brahms desde su Wir Wandelten con su inquietante tonalidad oscilante vagando oscuramente. Continuando con Alte Liebe, que mantiene la fría desnudez de la cación antigua. Durante once piezas Barbara Hendricks dictó la primera parte de su magisterio sustentado en la rotundidad de su registro bajo, su ligado perfecto que le hace alcanzar su plenitud en el registro medio, expresando con alcance cada momento a través de su delicado y ajustado vibrato. En la canción de amor Botschaft que cerró este ciclo hubo momentos inmensos, preludio a los excelentes Mignon Lieder de Hugo Wolf en los que la soprano estuvo sencillamente magnífica.
        Si lo oscuro en Brahms se reduce a la música, la riqueza del colorido de Wolf hay que buscarla en la configuración del lenguaje que se desprende de la poesía. Y es en esa búsqueda de lo íntimo donde Barbara Hendricks encuentra la grandeza de su canto. En los Mörike Lieder, tan distintos de los anteriores pero compuestos en un intervalo inferior a un año, la Hendricks alcanzó uno de los grandes momentos en Begegnung, utilizando las transposiciones de las tonalidades para mostrar una afinación perfecta en cada subida y en cada descenso.
        Y del virtuosismo declamativo de Wolf al éxtasis contenido en cada fragmento de los Lieder op. 27 de Richard Strauss. En el primero de ellos, Ruhe, meine Seele! estuvo el gran momento de la noche. Fue un ligado interminable enel que la expresión se extendió hasta el infinito en la prolongación de una sola nota. La escritura pianística, rica en cada lied, fue durante todo el recital un soporte vital cercano en las interpretaciones de Staffan Scheja, que mostró una perfecta conjunción con la soprano.
        El final del concierto fue grandioso con varias propinas: Canción triste de Duparc, Canción Española de Delibes, un Ave María de Schubert de tremenda dificultad al ser atacado con velocidad inusual, y, para terminar, vuelta a los orígenes con el espiritual Give me Jesus. Memorable final para una jornada inolvidable.
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RECITAL DE BARBARA HENDRICKS
Agustín Achúcarro
OPERA ACTUAL, nº 45 (mayo-junio de 2001)
Críticas, Valladolid, pág. 60
        Un espléndido recorrido por el mundo del Lied fue el que ofrecieron estos dos intérpretes que comenzó con un Brahms algo dubitativo, con algunos sonidos ligeramente rígidos. Impresión momentánea absorbida por una línea de canto fluída y una expresión absolutamente natural. A continuación llegaron las obras de Hugo Wolf abordadas con una visión profunda, en un recitativo arioso dominado en todos sus matices por la soprano.
        Emoción e intención plasmadas en los acordes desnudos del piano, en la atmósfera dolorosa de Mignon I, grito ahogado que brotó de la garganta de la soprano en esa frase sobre una sola nota de Mignon III de los Goethe-Lieder. Sensaciones que continuaron en los Mörike-Lieder, interpretados con una profunda carga emocional, nacida de la sobriedad y la contención; deslumbrante capacidad para captar la esencia de las canciones. Un Poulenc que no llegó a alcanzar el nivel logrado en las obras de Wolf condujo a los Lieder de Richard Strauss. Auténtica creación de Ruhe, meine Seele, en el cual brilló el canto mínimo, la pausa, y se hizo esencial el silencio, visión luminosa de Caecilie y sensible expresión en Morgen.
        Fuera de programa, y ante el éxito desbordado, se interpretaron obras de Duparc, Delibes, Schubert -un Ave María sin caer en las exageraciones estilísticas de rigor- y no podía faltan el espiritual negro Give me Jesus.

        
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