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HENDRICKS EN LEON
Ignacio Fernández de Mata
El Correo de Burgos
Cultura/ Crítica de Música
domingo, 10 de febrero de 2002.
       A veces, muy pocas veces, se cumple el sueño de estar ante lo único y lo maravilloso, y despertamos dentro de la leyenda -estamos allí-, oyendo el milagro de esa voz cristalina y pura, la voz antológica de la gran Barbara Hendricks.
       Un delicioso programa, exigente y delicado, con obras de gran intensidad y de perfecta adecuación a las características vocales de la soprano, permitió que a cada fragmento oído le sucediera una mayor hondura expresiva y sentimiento. Comenzó la velada con un conjunto de canciones de Johannes Brahms (1833-1897), de respetuosísimo fraseo, donde la espoleta de todos los sentidos saltó al momento, particularmente en los tres últimos: Meine Liebe ist grün (Mi amor es verde), op. 63 nº 5 -texto de Schumann: Mi alma tiene alas de ruiseñor-, el bellísmo y melancólico Von ewiger Liebe (por un amor eterno), op. 43 nº 1, y muy especialmente el hermosísimo Der Tot, das ist die kühle Nacht (La muerte es la fresca noche), op. 96,1 según versos de Heine.
       A continuación cinco lieder sobre poemas de Goethe, compuestos por Franz Schubert (1797-1828), iniciándose con el delicadísimo Suleika I, op.14 nº 1, con una Barbara Hendricks exquisita, seguido del maravilloso Lied der Mignon III, op. 62, 4; la viva melodía de Suleika II, op. 31, para concluir con dos canciones pertenecientes al Fausto de Goethe: Der Köning in Thule, op. 5 nº 5 y ese compendio de hondura, intensidad y belleza que es Gretchen am Spinnrade (Margarita en la rueca), donde la soprano dejó al auditorio electrizado.
       La segunda parte se ocupó del autor de Wozzeck: el austríaco Alban Berg (1885-1935), con sus Sieben frühe Lieder, obras de gran cromatismo postwagneriano, compuestos bajo la influencia de Schönberg, pero todavía dentro de un vaporoso mundo tonal. Excelsos resultaron los número intermedios, esencialmente el tercero, Die Nachtigal, (El Ruiseñor) y el cuarto, Träumgekront, (Coronado en un sueño, de Rilke) donde la Hendricls sobrecogió con la intensidad y juego de matices de esta breve canción.
       Luego fue el turno del gran melodista Francis Poulenc (1899-1963), hombre vitalista, lleno de optimismo y tan próximo a todos los artistas de su momento -Cocteau le llamaba folklorista parisiense-. De los juegos de Le garçon de Liège a los magníficos Airs chatés d'apres J. Moreas, donde cantante y pianista ofrecieron unas interesantes canciones de gran sentimiento y modulaciones expresivas.
       El programa lo completaron las Siete canciones populares españolas de Manuel de Falla (1885 - 1935), tal vez lo único que no acabó este oidor de disfrutar al ciento por ciento, y no por la calidad de una voz tan singular como la de esta cantante, sino por la cuestión de los acentos y pronunciaciones, algo que aparte de la belleza tímbrica la alejaba del verdadero sentido de estos textos. Sin embargo, hubo verdadera pasión en la Asturiana y Polo. Nada de ello empeció un éxito rotundo y total, después de la gran lección de arte que habíamos podido oír. Con el teatro Emperador entero puesto en pie, la soprano deleitó a todos con un hermoso ramillete de propinas, desde Fauré al Ave María de Schubert o el Gospell. Sensacional.
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HENDRICKS, ESENCIA DEL CANTO
Miguel A. Nepomuceno
Diario de León
Cultura/ Crítica de Música
domingo, 10 de febrero de 2002.
       No es fácil encontrar hoy día entre las sopranos de cartel que hayan sobrepasado los cincuenta años una voz lírica tan personal, de acentos tan marcados y color tan homogéneo, exceptuando a la neozelandesa Kiri Te Kanawa, que pueda acercarse, ni de lejos a Barbara Hendricks en el campo del lied.
       Su voz o, más correctamente, su canto, es el de una soprano lírica piena, es decir, completa, cuya tesitura alcanza dos octavas y media, pudiendo emitir notas en condiciones naturales con perfecta resonancia desde el la natural hasta el mi bemol y, en algunas ocasiones, como en la Armida rossiniana, hasta el fa agudo, siendo capaz de cantar simultáneamente con estilo florido y con dramáticos acentos, proporcionando con ello una emocionante calidad tonal. Sin embargo, la Historia del Canto ha demostrado hasta la saciedad que esta extraordinaria extensión vocal no puede ser adquirida sin sacrificios que, en el caso de Barbara Hendricks, le comienzan a cobrar un alto interés con el paso de los años.
       En el espléndido recital que la soprano norteamericana ofreció en el Teatro Emperador de León el pasado viernes, organizado y patrocinado por la siempre modélica Asociación Salzburgo de Valladolid, con la colaboración del Ayuntamiento de León, demostró que, pese a sus más de treinta años sobre los escenarios del mundo entero interpretando papeles de las más diferentes estéticas y tendencias estilísticas, su instrumento canoro no presenta un deterioro importante, aunque el desgaste natural en algunas zonas de su voz comienza a hacer acto de presencia, resultando a veces admirable la facilidad con la que la soprano resuelve algunos pasajes en los que la desigualdad de escala difumina el color vocal. En la zona grave, el instrumento es quebradizo y en la zona alta tirante y metálico en los agudos, presentando alguna turbulencia en ciertos sectores de su línea de canto, mientras que en el centro es perfecto, con redondez y transparencia. Sin embargo, permanece intacta esa messa di voce, (las notas se deslizan con naturalidad creciendo o disminuyendo. No confundir con la mezza voce, donde las notas se apianan, virtud que la Hendricks también domina con soltura), como permanece intacto ese virtuosismo y esa agilidad para sortear los pasajes floridos con un fiato (aliento) amplio y un legato (ligando las notas en las frases) adecuadísimo a cada grupo de frases. Si a todo ello añadimos la belleza incomparable de su timbre y la elegante expresividad con la que desgranó cada una de las obras, entonces, lo que podrían ser defectos, cuando se enmarcan dentro del contexto del efecto total y del logro final, no son más que gotas en el océano.
       Acompañada al piano por el magnífico Love Derwinger, uno de los repertoristas más sólidos con los que cuenta la soprano de Arkansas -el otro es Staffan Scheja, con el que actuó en Valladolid el pasado año-, Barbara Hendricks se presentó en León a lo gran diva, con un programa de difícil asimilación, sólo para públicos muy versados en la poesía del canto, como es el lied; una suerte de formas vocales breves y quintaesenciadas, que surgieron en el romanticismo y adquirieron carta de naturaleza a lo largo del siglo XIX. Su extrema dificultad reside en la intensidad expresiva que se requiere en su canto, además de una maestría y una técnica vocal sin fisuras, a lo que se une la complejidad de su traducción conceptual por la lengua y los universos que representa. Destacar al respecto los magníficos programas de mano que la Asociación Salzburgo puso disposición del público, con la exquisita traducción de lo textos alemanes de Schubert y Brahms a cargo de José Antonio Nieto, presidente de la mencionada entidad cultural. Se inició el programa con seis lieder de Brahms, en el mejor estilo liederista de los cincuenta, aunque leves problemas de afinación se hicieron patentes. Pronto la voz se deslizó con agudo fácil, centro cálido y pastoso, con una técnica consumada dentro de una cuidada línea de canto efusiva y comunicativa. Todo el lirismo que algunas de estas canciones de Brahms encierran las libó la Hendricks con ese enorme encanto supeditado a la fuerza infalible de uso expresivo que, como un torrente, manó de su voz. ¡Cómo si no se puede decir ese Meine Seele hat Schwinget der Nachtigall! (de Mi amor es verde como el lilo) de la forma como la soprano lo desgranó si no es con una construcción perfecta de cada frase, destacando el momento más punzante del mensaje dramático, sin precipitaciones y con ese innato sentido del equilibrio que la permite salir indemne y no despeñarse en los abismos de la floritura inútil. Schubert, por el que la soprano siente una especial predilección, elevó el calor emocional a límites extremos aunque algunos pasajes en el forte se descontrolaran de forma poco ortodoxa. Hermosísima la Canción de Mignon sobre textos de Goethe y ¡cómo no! esa Margarita en la Rueca, donde todo el lirismo contenido de los versos del preceptor alemán fue traducido con un perfecto uso de lo dobles reguladores que en Berg se hicieron más patentes. Poulenc no alcanzó la comunicatividad de las anteriores. Falla fue lo peor de la noche, sólo la tremenda musicalidad de la soprano pudo salvar esas hermosas piezas, porque, ni el pianista acertó con la pulsación -aporreó literalmente el teclado mientras la Hendricks se esforzaba por pronunciar un idioma y otorgarle un empaque a las canciones que le quedó muy lejano.
       Las propinas, con el público puesto en pie, se sucedieron hasta cuatro: Fauré, Bizet, el Ave María schubertiano y el espiritual Give me Jesus pusieron en pie al público que por primera vez en toda la velada se mostraba realmente entregado a la soprano. Un excelente concierto que, a pesar de gozar de una acústica perfecta, mereció otro marco y una demostración más de que lo bueno siempre goza de la respuesta del público si los precios y la calidad van al unísono.
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LA SOPRANO GENEROSA
Emiliano Allende
El Norte de Castilla
Cultura/ Crítica de Música
domingo, 10 de febrero de 2002.
       EL éxito llegó a la Asociación Salzburgo, esta vez en León, y otra vez de la mano de Barbara Hendricks. La soprano comenzó a mostrar su perfecta emisión de voz y su delicadeza en el primero de los lieder de Brahms, transmitiendo un aire sugerente. El ciclo estuvo presidido por la conjunción y el equilibrio en Von ewiger Liebe y Der Tot, das ist die kühle Nacht. La soprano mostró esa envidiable facilidad para prolongar la vibración sin esfuerzo, manteniendo una afinación impecable, comunicando con expresión contenida la intención de muerte serena vertida por Brahms. 
       El pianista Love Derwinger lució un sonido cristalino, fruto de su excelente pulsación, contribuyendo a la obtención de uno de los mejores momentos del recital.
       La belleza de la música de Schubert se vio reforzada en los lieder escogidos en este concierto. La voz de la Hendricks fluyó e inundó de luz el concierto. La soprano mostró su gran técnica dentro de la amplia gama de modulaciones de la partitura. Hasta aquí fue lo mejor. 
       Las siete canciones tempranas de Berg se percibieron más lejanas, mientras que las de Poulenc fueron el refresco necesario para conducir el recital hacia el ciclo extraordinario que configuran las Siete canciones populares de Falla. Lo grande en ellas es que cada audición aporta nuevas sensaciones y confirma los valores de la música popular. La soprano hizo vivir una versión nueva con acentuaciones originales y la particular rítmica de la jota transmitida por el pianista.
       El público vivió este momento con emoción, lo que hizo que Barbara Hendricks se volcara en las propinas con la generosidad que la caracteriza. Fauré y Bizet dieron paso a su particular versión del Ave María de Schubert, para rubricar su triunfo con el tradicional Give me Jesus, en el que la cantante estuvo magnífica.
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