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UN FINAL BRILLANTE
Emiliano Allende
El Norte de Castilla, 4 de junio de 2003
Crítica de Música.
         La Orquesta de Bulgaria clausuró la II edición del Festival de Música de Castilla y León que ha dejado actuaciones de altísimo nivel en nuestra ciudad. La brillantez del concierto la puso el pianista Ludmil Angelov con el tercer concierto de Rachmaninoff, obra exultante que tiene todo lo que un pianista desea para el lucimiento. El lirismo del primer tema, expresado por Angelov con hondura, está presente en todo el movimiento, dejando el protagonismo al orquesta en el segundo para retomar en el tercero su pujanza convirtiéndose en un tratado de texturas del instrumento. Angelov dejó patentes sus cualidades sobradas para aceptarel desafío en los momentos complicados, que resolvió con facilidad y tal vez con rapidez excesiva; a veces, la orquesta fue a remolque. Los ataques desde arriba y los excelentes ligados destacaron en la extrovertida versión con la que logró cautivar al auditorio. Fuera de programa rozó la perfección en la Canción de Otoño de Tschaikovski, mostrando menor nivel en el preludio de Rachmaninoff. La Orquesta de Bulgaria es un conjunto bien trabajado en el que destaca poderosamente la cuerda.
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EL TRIUNFO DEL PIANO
Agustín Achúcarro
El Mundo, 5 de junio de 2003
Crítica de Música.
       Concluyó el II Festival Internacional de Música de Castilla y León con la actuación de la actuación de la Sinfónica de la Radio de Bulgaria. Un concierto en el que destacó por encima de todo la intervención del pianista solista Ludmil Angelov, que interpretó espléndidamente el Concierto para piano y Orquesta en re menor nº 3 de Rachmaninov.
       Angelov transmitió la melancólica melodía y la energía suprema de este concierto desde el tema inicial, que expuso con una mezcla de intensidad y dejación.
       Conjugó siempre el lirismo con un sentimiento de ardor y pasión. Seguro en los ataques, brillante en las cadencias, rotundo en los acordes, dominador en esencia de los aspectos más virtuosísticos de la obra, allí donde aparecen los sonidos  desbordados. Y así hasta llegar a un final arrebatador en el que Angelov abordó con energía y vehemencia el constante crecer rítmico. Si acaso, pudo a veces exagerar los sonidos en staccato, en particular al inicio del primer movimiento, pero dominó absolutamente los resortes emocionales de la partitura de Rachmaninov.
       En cuanto a la orquesta llevó con corrección su parte, aunque pasó demasiado desapercibida ante el piano, sin que llegara a establecer un veradero diálogo con el solista.
       Un éxito, que recibió una sonora ovación del público, Ludmil Angelov tocó fuera de programa Canto de otoño de Tschaikovski y Preludio en sol menor de Rachmaninov.
       Tras la obra del compositor interpretaron la Sinfonía Manfredo en si menor, Op. 58 de Tschaikovski. Aquí la orquesta se centró más en los aspectos epidérmicos de la partitura que en los profundos, con mayores hallazgos en lo relativo al continente que al contenido.
       Tschaikovski trata, por encima de los avatares de Manfredo, de desentrañar los porqués de la agitación del espíritu, la angustia, o la desesperanza. Milen Nachev condujo a la orquesta, poseedora de una solidísima sección de cuerda, con unos planteamientos arquetípicos y algo encasillados. En el Andante con moto, un movimiento de carácter pastoral, fue posiblemente consiguieron los momentos más auténticos.
       Una orquesta con músicos de sólida formación, en especial la cuerda, con una percusión algo más débil, a excepción del timbal. La orquesta respondió a los aplausos del público con la marcha de El Cascanueces de Tschaikovski y la danza de la ópera Momchild de Pipcov.
       Concluyó así un Festival que ha ofrecido en Valladolid cinco conciertos, con dos espléndidos recitales; un empeño nada fácil de llevar a cabo y realmente loable.
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