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DE UNAS MANOS SABIAS
Agustín Achúcarro
El Mundo de Valladolid, 25 de abril de 2002
Crítica de Música.
         Philippe Entremont ofreció un soberbio recital, propio de un pianista en plenitud. No se mostró como el típico intérprete que más parece un atleta del piano, sino como un artista que intelectualmente domina el concepto de la música en toda su compleja diversidad y lo transmite por medio de una personalidad muy marcada.
         Un segundo de silencio y el pianista comenzó su recital con la Sonata nº 11 de Mozart, que en su tiempo supuso un nuevo lenguaje. Pura poesía en la exposición del tema y en las diversas variaciones; Mozart en una versión en la que acentuó los cambios rítmicos más de lo que suelen hacer la mayoría de los intérpretes. Un fraseo nítido, cargado de lirismo, le permitió jugar con la libertad formal de la obra. En el allegretto alla turca puso la justa dosis de rotundidad y desenfado.
         Otro compositor, otra época, y otra vez un nuevo lenguaje, ahora en los albores del siglo XX. Philippe Entremont tocó la suite Pour le piano de Debussy de forma sorprendente, engarzando los sonidos con maestría y dejando en el aire los efectos potenciales, tanto tanto del matiz como de los pasajes más poderosos.
         Si tras el Preludio quedaba algún sonido por explorar, en la Zarabanda se recreó en la pausa y en los pasajes más íntimos. Todo conseguido entre acordes rotundos, sonidos envolventes y glissandi llenos de luz.
         Dos obras de Ravel, compositor del que el intérprete ha grabado íntegramente su obra para piano. En la Pavana para una infanta difunta, partiendo de la sencillez del tema creó una atmósfera delicada, emotiva y exenta de sensiblería. En Alborada del gracioso, acercamiento al universo sonoro español, impuso la rítmica y una vital efusión.
         El pianista francés dedicó la segunda parte a Chopin: Polonesa nº 1, tres valses, la Balada nº 3, el Nocturno nº 8 y el Scherzo nº 2. Versiones impregnadas del alma subjetivamente apasionada de Chopin. En la Polonesa huyó de grandilocuencias, sin renunciar a su virtuosismo, se recreó en las medias voces y los sonidos mínimos en el Nocturno y ofreció el poder y la emotividad del Scherzo, conjugando los enérgicos acordes con la insinuante melodía.
         Lástima que la afluencia de público, sean las que sean las causas, no respondiera plenamente a la visita de un intérprete como Entremont.
         Un recital espléndido cerrado con dos obras fuera de programa, Soeur Monique de Couperin y Reflets dans l'eau del primer libro de Images de Debussy.
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MUY CERCA DE LA VERDAD
Emiliano Allende
El Norte de Castilla, 25 de abril de 2002
Crítica de Música.
         El pianista y director de orquesta Philippe Entremont inauguró brillantemente el Festival Internacional de Música de Castilla y León, organizado por la Asociación Cultural Salzburgo. El recital es de los que dejan huella en la memoria. Entremont es un pianista de los de antes. Lejos de la frialdad de las nuevas generaciones, y muy cerca de la verdad de la música, se presentó con un programa que habla por sí solo. Todas las obras interpretadas pertenecen al patrimonio universal. Para empezar, la Sonata nº 11 de Mozart, en la que mantuvo firme un estilo dando el matiz adecuado en cada variación para construir al final una marcha turca perfecta en la pulsación y por lo tanto en el sonido.
         El Debussy de Pour le piano fue un modelo de concepto. Tocó partiendo de un bloque sonoro que se despliega con especial pulso y puntillismo explosivo. La máxima expresión apareció en el canto de la melodía de la Pavana para una infanta difunta, de Ravel, acompañada de la dinámica justa procedente de un dominio absoluto del pedal. El remate de la primera parte fue una encendida Alborada del Gracioso, rotunda en lo acústico y en la expresión.
         No es frecuente en estos tiempos escuchar versiones tan cálidas como las que brindó Entremont en cada una de las obras de Chopin. En la Polonesa op. 26 el estilo nace y se mantiene siempre. En los valses cada leve variación dinámica cobró especial importancia en lo expresivo. Bullicioso el op. 18, reposado el op. 34, en el que el pianista dibujó la estructura interna subrayando con delicadeza las notas que son el alma de Chopin. Y lo mejor llegó en el Scherzo nº 2, verdadero gesto sonoro hecho de un tirón en un ligado de gran altura. Todavía tuvo tiempo Entremont para regalarnos Sor Mónica de Couperin, y Reflejos bajo la lluvia, de Debussy. Exito indiscutible de este caballero de la música universal.
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ENTREMONT Y 'LA GRANDEUR'
Ignacio Fernández de Mata
mundoclasico.com, 30 de abril de 2002
Crítica de Música.
         Coincidiendo con la fiesta regional de Castilla y León, conmemorativa de una derrota antigua -la batalla de Villalar, 1521, de muy discutido sentido hasta la fecha-, arrancó el neonato festival internacional con todo el trapo desplegado -a pesar de la inexistencia hoy de un mar para Castilla. Y fue francés el viento que puso todo el velamen en tensión, un viento firme, constante y poderoso: el gran pianista Philippe Entremont.
         Perteneciente a la vieja escuela francesa clavecinista, escrupulosa -cartesiana la define mi buen amigo y musicólogo Teófilo Sanz-, Entremont ofreció un recital de líneas muy puras, con una técnica propia de un gran maestro y un sonido de una extraordinaria limpieza y claridad que hicieron las delicias de quienes se acercaron al auditorio de la Feria de Muestras prescindiendo de otras alternativas balompédicas.
         Podemos decir que fue un programa puramente francés, en su sentido, en la interpretación y hasta en la relación profunda que los distintos compositores mantuvieron con el país galo -propios y ajenos-, lo que además se incrementó con la forma organizativa: una primera parte de entrelazados aires de danza, culminados en la Alborada, y una segunda de inmersión romántica, dedicada por entero a Chopin.
         La Sonata-suite nº 11 de Mozart (1756-1791) se vistió de esta francesidad -como diría Robert Darnton- que hizo de su lectura un ejercicio de abundancia lírica y gran riqueza ornamental que fue ganando en soltura en la segunda parte de la misma.
         De semejante preludio pasamos al inmenso panorama debussyano con su Pour le piano en una sublime interpretación de Philippe Entremont que supo transmitir la hondura barroquizante de tanto elemento encriptado en la partitura -especialmente en su Preludio-, junto al nuevo lenguaje pianístico que inaugura esta composición de ricos y fulgurantes pasajes.
         La sucesión natural a Debussy (1862-1918) no podía ser otra que la de Ravel (1875-1937), y fue una verdadera alegría poder oír la Pavana para una infanta difunta en su concepción original, la pianística, toda vez que la versión delicadamente orquestada por su autor predomina en el panorama discográfico y concertístico. Una pieza de intensa melancolía y ternura, de dificultades notables -un pedal sinuoso y constante-, de hermosa factura y sonido límpido. La Alborada del gracioso nos situó de nuevo ante la grandeza del intérprete, pues esta es una obra íntimamente ligada a su historia personal y muy frecuentada en sus programas.
         Chopin (1810-1849) protagonizó por entero la segunda mitad del concierto, con una visión del romanticismo alejada de tempestuosidades tan próximas al espíritu de aquella época para darnos una lectura rigurosa y profunda, que en casos como el Nocturno nº 8 pecaron de excesiva rigidez. No fue así en el resto de las obras: la Polonesa, nº 1, magnífica en sus juegos de tensiones; los tres valses, todos brillantes; la Balada nº 3, tan plagada de guiños a sí mismo, o el magnífico Scherzo nº 2 final que electrizó con su bravura técnica a todos los presentes en la sala.
         Fuera de programa, dos pinceladas más de genialidad y exquisita grandeur: Soeur Monique, de François Couperain (1668-1773), y del primer libro de Images, de Debussy, Reflets dans l'eau.
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