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ARTE PRENDIDO DE UNA VOZ
Agustín Achúcarro
El Mundo de Valladolid, 9 de noviembre de 2001
Crítica de Música.
         Estremecedor y profundo canto de Marjana Lipovšek, capaz de contener en cada sonido un sinfín de sensaciones, de crear un clima y conectar con lo más recóndito de los sentidos.
         Para empezar, Wagner, en la versión original para piano de los Wesendonk Lieder. Declamación continua, dominio de la palabra, que adquirió en cada modulación un sentido distinto. Desesperación y soledad que brotan de los motivos de Tristán e Isolda en el lied En el invernadero. Emoción íntima que se impuso en Träume. Voz grande, robusta, que jugó intencionadamente a la contención, para ofrecer al público arte en estado puro.
         La densidad sonora de Wagner mutada en sencillez expresiva en los lieder de Brahms, expuestos con claridad. Todo perfectamente articulado, en una atmósfera poética, tamizada por un fraseo nada uniforme y una especial delicadeza en el canto legato y en las medias voces.
         Parada en las Cinco Canciones populares eslovenas de Marijan Lipovšek, padre de la mezzo. Canto ingenioso, de raíces folcióricas, culminado por Marjana Lipovšek con un Ella sirve vino tinto en el que apareció la robustez del registro grave.
         Dvořák y sus Canciones gitanas. Ritmo, agilidad en el fraseo, expresión de espíritus libres, resumidos en una frase, en un gesto, que Lipovšek cambió en un momento de intenso a frágil. Emoción interior que se desborda.
         Junto a la cantante estuvo admirable el pianista Anthony Spiri, que mostró a lo largo del recital austeridad en Wagner, ductilidad en Brahms y virtuosismo en Dvořák.
         Un enorme éxito artístico culminado con dos interpretaciones prodigiosas, Heindenroslein, paradigma del lied estrófico, y Seligkeit, ambas de Schubert.
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UNA VOZ EN LAS ALTURAS
El Norte de Castilla, 9 de noviembre de 2001
Crítica de Música.
         Una de las grandes mezzos del mundo pasó el miércoles por Valladolid. Abrieron el recital los Wesendonck lieder. Estos poemas para la voz sirvieron a Wagner para seducir a la autora de los versos más que a Marjana Lipovšek para conectar con el auditorio. Sin embargo su voz fluida y natural de asombrosa uniformidad en el timbre, pasaba sutilmente con exquisita facilidad desde el registro bajo al agudo, desde el primero de los lieder de Brahms, lóbrego y atrevido en los intervalos abruptos y en la irregular modulación. Las tonalidades oscilantes y la rítmica incierta de los op.96 fueron interpretados con la serenidad de la pasión contenida en cada una de las melodías. El último, Verde amor transmitió un aire de transfiguración dulce y fue excelente colofón.
        La continuación fue más emotiva. Las canciones populares compuestas por el padre de Marjana Lipovšek, dejaron lugar a la expresividad de la cantante y al lucimiento del excelente pianista Anthony Spiri además de mostrar una original estructura armónica. El concierto, que fue siempre en ascenso, alcanzó alto nivel en las espontáneas y frescas Canciones Zíngaras de Dvořák, destacando la primera, Ma pisenzas, elegante joya que la Lipovšek bordó en una exhibición maravillosa del fraseo. Los encendidos aplausos animaron a la cantante a ofrecer lo mejor del recital en dos lieder de Schubert. El primero de ellos Heidenroslein fue un acto puro de inspiración genial que quedará en el recuerdo como ejemplo de una voz portentosa que se encuentra en las alturas de la madurez.
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RUMORES DE BAYREUTH
Ignacio Fernández
El Correo de Burgos, 10 de noviembre de 2001
Crítica de Música, pág. 10
         El recital que el pasado miércoles ofreció Marjana Lipovšek en el Auditorio congresual de Valladolid constituyó uno de los más exquisitos de la voz y el piano últimamente oídos por nuestra malhallada Castilla. Marcando distancias desde el primer momento con lo que no fuera su expresión concentrada, la mezzo ofreció una mágica primera mitad con ese monumento liederístico que son los poemas wagnerianos sobre textos de Mathilde Wesendonck, mecenas y amante momentánea del gran Ricardo. Son estos lieder -canciones- piezas notabilísimas de quien supo conferirles toda su hondura expresiva y sentido dramático hasta alcanzar a transmitir tal conjunto de intensidades organolépticas como no haría el más selecto y sagrado brebaje. La suave penumbra argéntea de la voz de la Lipovšek recorrió los susurros amorosos, las melancolías y temores románticos de estas piezas, ganando en ricos matices, lejos de exibicionismos fatuos a pesar del poder y rotundidad de su voz, idónea para el gran posrromanticismo centroeuropeo.
        A continuación una serie -seis- de canciones escogidas de Johannes Brahms de su op. 63, 96 y 105, con el donaire y la calidez vital de esta gran B. Canciones de profundo romanticismo tan hermosas como la melancólica Heimweh II, op. 63, 8, la breve joya de Es schauen die Blumen alle, op. 96, 3, o la de mayor riqueza pianística, que no podía ser otra que Meine Liebe ist grün, con texto de Felix Schumann. Todo un ramillete de hermosura y delicadeza donde la cantante eslovena himnotizó a un público que se sintió reconvertido al intimismo de una selecta sala de cámara nobiliar.
         La segunda parte se aligeró un tanto de ropajes sin por ello perder en rigor y verdad. Con las Cinco canciones populares eslovenas de su progenitor, Marjana Lipovšek se aproximó al mundo de las tonadas alegres, a las síncopas y cambios rítmicos de la tradición popular. Aunque, sostiene este oidor, que no son el mejor medio para su voz, pues no ofrecen la ocasión de modulación y brillo que requiere su instrumento.
         Mucho más ricas resultaron las Canciones Cíngaras -gitanas- de ese gran músico columbifílico que fuera Antonín Dvořák, perfecto continuador de la línea argumentativa del programa en su primera parte. La hermosura melódica de estas breves obras, de tan bella armonización, constituyeron un bien elegido motivo de culminación del recital de esta magnífica intérprete eslava, acompañada de un pianista -el norteamericano Anthoni Spiri- que en sus pasajes pecó de cierta precipitación y velocidad.
         Fuera de programa se nos ofreció un detalle que además de buen gusto era casi imprescindible desde la comprensión del espacio y época a los que se ha acogido la diva: dos lieder de Franz Schubert.
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RUMORES DE BAYREUTH
Ignacio Fernández, para
mundoclasico.com.
         El recital que el pasado miércoles ofreció Marjana Lipovšek en el Auditorio congresual de Valladolid constituyó uno de los más exquisitos de la voz y el piano últimamente oídos por nuestra malhallada Castilla. Marcando distancias desde el primer momento con lo que no fuera su expresión concentrada, la mezzo ofreció una mágica primera mitad con ese monumento liederístico que son los poemas wagnerianos sobre textos de Mathilde Wesendonck, mecenas y amante momentánea del gran Ricardo. Son estos lieder -canciones- piezas notabilísimas de quien supo conferirles toda su hondura expresiva y sentido dramático hasta alcanzar a transmitir tal conjunto de intensidades organolépticas como no haría el más selecto y sagrado brebaje. La suave penumbra argéntea de la voz de la Lipovšek recorrió los susurros amorosos, las melancolías y temores románticos de estas piezas, ganando en ricos matices, lejos de exibicionismos fatuos a pesar del poder y rotundidad de su voz, idónea para el gran posrromanticismo centroeuropeo.
        A continuación una serie -seis- de canciones escogidas de Johannes Brahms de su op. 63, 96 y 105, con el donaire y la calidez vital de esta gran B. Canciones de profundo romanticismo tan hermosas como la melancólica Heimweh II, op. 63, 8, la breve joya de Es schauen die Blumen alle, op. 96, 3, o la de mayor riqueza pianística, que no podía ser otra que Meine Liebe ist grün, con texto de Felix Schumann. Todo un ramillete de hermosura y delicadeza donde la cantante eslovena himnotizó a un público que se sintió reconvertido al intimismo de una selecta sala de cámara nobiliar.
         La segunda parte se aligeró un tanto de ropajes sin por ello perder en rigor y verdad. Con las Cinco canciones populares eslovenas de su progenitor, Marjana Lipovšek se aproximó al mundo de las tonadas alegres, a las síncopas y cambios rítmicos de la tradición popular. Aunque, sostiene este oidor, que no son el mejor medio para su voz, pues no ofrecen la ocasión de modulación y brillo que requiere su instrumento.
         Mucho más ricas resultaron las Canciones Cíngaras -gitanas- de ese gran músico columbifílico que fuera Antonín Dvořák, perfecto continuador de la línea argumentativa del programa en su primera parte. La hermosura melódica de estas breves obras, de tan bella armonización, constituyeron un bien elegido motivo de culminación del recital de esta magnífica intérprete eslava, acompañada de un pianista -el norteamericano Anthoni Spiri- que en sus pasajes pecó de cierta precipitación y velocidad.
         Fuera de programa se nos ofreció un detalle que además de buen gusto era casi imprescindible desde la comprensión del espacio y época a los que se ha acogido la diva: dos lieder de Franz Schubert.
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