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| JUVENTUD Y MADUREZ | |
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Un concierto a cargo de una orquesta muy bien conformada, de texturas pastosas, algo menos los chelos, con un timbalero asombroso, conducida por un talento musical llamado Krzystof Penderecki.
De una orquesta formada por músicos de calidad y un director que domina los conceptos de la música y su aplicación, sólo podían esperarse unos resultados profundamente positivos, y eso fue lo que ocurrió con el concierto ofrecido por la Orquesta Sinfónica de Varsovia dirigida por Krzystof Penderecki. A una obra compuesta por el compositor-director, siguieron el Concierto para violín de Mendelssohn, con una solista de talento que aún no ha cumplido los diecisiete años, y una rotunda versión de la Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor, Heroica de Beethoven. De Profundis, adaptación para orquesta de cuerdas de la Parte III de Las Siete puertas de Jerusalén, que si bien permitió ver a Penderecki dirigiendo su propia obra, mejor habría sido poder escuchar una de sus composiciones que han marcado la Historia de la música. En el Concierto en mi menor de Mendelssohn la solista Leticia Muñoz brindó una versión cargada de pasión y carácter. Impulso vivo y palpitante del violín señalado en el comienzo con una mezcla de lirismo y melancolía, en la energía con la que abordó las cadencias, en la luminosa melodía del Andante o en el ímpetu que trasmitió en el movimiento final. La Orquesta Sinfonía de Varsovia realizó una versión lúcida de este hito de la literatura para violín, manteniendo el equilibrio entre su intensidad romántica y sus elementos clásicos, y permaneciendo siempre atentos a las pautas que marcaba la violinista. La Sinfonía nº 3, Heroica, de Beethoven fue un ejemplo de expresividad a través de un pulso preciso y un creciente juego de tensiones. Ritmo palpitante en el Allegro con brio, que Penderecki centró en conseguir una tensión constante y señalar los detalles más que en acentuar los contrastes. La Marcha fúnebre tocada con una ilimitada capacidad expresiva y un dominio de los colores, entre oscuros y graves, y de su relación con ese otro universo sonoro más delicado, que recuerda a J. S. Bach a través de la cita mozartiana. En el Scherzo se volcaron en un juego constante de dinámicas y acentos, ¡qué empleo de las trompas!, y en el movimiento final, con el tema Prometeo, elemento generador, crearon un ámbito cambiante entre las variaciones y el aire de marcha, que culminó en un estallido de contundente expresión. | |
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| EL TONO JUSTO DE PENDERECKI | |
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EL paso por Valladolid de un músico de la categoría de Penderecki es siempre un acontecimiento. Después, decepciona un poco el hecho de que, llegando como director, no programe alguna de sus grandes obras, tratándose de uno de los compositores más representativos de buena parte del siglo
XX. La transcripción para orquesta de cuerda del tercer movimiento de su magna obra
Las siete puertas de Jerusalén supo a poco. El concierto sirvió para darnos a conocer a un joven valor; la violinista madrileña Leticia Muñoz, que interpretó el concierto de Mendelsshon mostrando muchas virtudes; Sonido suficiente, cálido vibrato, capacidad para transmitir emoción y un alto grado de virtuosismo que exhlbió a lo largo de la obra superando incluso, en el molto vivace final, los límites de lo permitido en el tempo,. Pero esto propio de una intérprete muy joven que tiene por delante un brillante futuro. La orquesta mostró siempre el tono justo de la mano de Penderecki que empezaba ya a dar muestras de su buen hacer como director. Esta impresión se confirmó en su concepción de la Heroica de Beethoven, sinfonía muy familiar entre los vallisoletanos en el último mes. Si buena fue la versión de nuestra sinfónica, la de ayer fue magnífica. Desde el aire misterioso obtenido del denso desarrollo del principio, pasando por una marcha fúnebre equilibrada, un scherzo preciso en la medida y un final en el que Beethoven sacó de su crisol una nueva forma de componer fundiendo las formas y que Penderecki utilizó para imprimir su sello como músico. Algunos de los pasajes fueron decisivos para ello. Para el recuerdo, las intervenciones rotundas del timbal que emergieron majestuosas reforzando el carácter de la obra. El uso adecuado del tempo y el equilibrio del sonido dentro de una conjunción notable, contribuyeron al éxito de este compositor que ahora se nos muestra también como un experto director. | |
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| PENDERECKI EN EL RECUERDO | |
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Un concierto para el recuerdo fue el ofrecido por la Orquesta Sinfónica de Varsovia, a las órdenes del maestro Krystoff Penderecki (1933) en el Calderón vallisoletano. Un conciertazo. Un hermoso programa en manos de una orquesta magnífica, con una batuta tan señalada y con una solista sorprendente.
De profundis es la transcripción para cuerdas del tercer movimiento de la monumental sinfonía Las siete puertas de Jerusalén, escrita por Penderecki para celebrar los tres mil años de la fundación urbana hebrea. Una obra muy hermosa, de largas notas, con bajos prolongados, organizada en tiempo lento, todo muy acorde al sentido del salmo 137, en un aire de cierto neorromanticismo. Los intervalos cortos nos acercan eficazmente a un ambiente y espacio, a sonoridades populares judías, a la ciudad de Jehová. Una interpretación maravillosa de la sección de cuerdas, con una limpieza de sonido y empaste dignas de las grandes formaciones. La otra gran protagonista de la velada fue la jovencísima Leticia Muñoz (1985) que interpretó el vibrante Concierto para violín de Mendelssohn (1809-1847) como dignísima heredera de Ferdinand David, Joachim o Sarasate: magistral. Una ejecución que, salvo leves despistes al final del Allegro molto appasionato en su conjunción con la orquesta, estuvo llena de bravura técnica, intensidad, perfección sonora y color. Un concierto concebido para el brillo más fulgurante del violín, que Leticia Muñoz consiguió con la ayuda atinadísima de los estupendos profesores polacos. La segunda parte la ocupó la Tercera Sinfonía de Beethoven (1770-1827) en una interpretación antológica. Verdaderamente el Calderón es un teatro que se comporta acústicamente muy bien, sin extrañas resonancias tan dañinas en obras con la potencia sonora de esta sinfonía, a todo lo cual contribuyó eficacísimamente la distribución orquestal, situando en extremos completamente opuestos la percusión y las trompas, instrumento éste de tanta importancia en la obra. Verdaderamente todas las familias estuvieron sobresalientes, excelentes el viento y el metal, no digamos la cuerda. Desde el primer Allegro con brio hasta el último Presto la Sinfonía de Varsovia creo un clima sobrecogedor de intensidad profunda, con los tempi bien marcados, una maravillosa conjunción instrumental y gran riqueza de matices en su interpretación. Una noche para el recuerdo. | |
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