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SUBLIMACIÓN POÉTICA DE LA ANGUSTIA
Agustín Achúcarro
El Mundo de Valladolid, 11 de mayo de 2003
Crítica de Música.
         Si Franz Schubert hace de los veinticuatro poemas de Wilhem Müller un peregrinaje interior del alma angustiosa de un hombre maduro unido al paisaje invernal que le rodea, si juega con la sublimación del sentimiento y no de forma banal sino con un claro componente intelectual; la contralto Nathalie Stutzmann partió de estas premisas para cantar un Viaje de Invierno en completo estado de dejación, asumiendo la angustia, desnudándola, y convirtiéndolo en un puro acto íntimo de dolor. 
         La voz de Stutzmann abundó en el fraseo profundo, las medias voces, los pasajes declamados, el canto spianato y los leves rubatos. En sus planteamientos no entró casi nunca, entre otras razones porque no parece ser el vehículo en el que mejor se desenvuelve su voz, una expresión más extrovertida. Dominó el pulso poético del Winterreise, su sentido más profundo, pero sus medios canoros no actuaron tan rotundos como para provocar estados de ánimo menos controlados y más expansivos, en particular en el registro agudo.
         Nathalie Stutzmann adentró en detalles  como el acento pesimista y lúgubre de la veleta, que contrasta con la agitación que propone el siguiente lied, que no acabó de alcanzar, eliminó armónicos en el agudo para hacer aún más acerada la expresión en Inundación y cantó con delicadeza Ilusión, apoyada en un registro central conmovedor. Todo se convirtió en abandono en canciones como Cabeza Gris o El poste indicador, en el que la voz es sostenida sobre continuos acordes del piano.
         Se puede argüir que a veces no llevó los planteamientos iniciales a sus últimas consecuencias dramáticas, que se obviaron ciertos matices, como ocurrió en Mirando hacia atrás, o que no siempre alcanzó ese estado de tensión que va gradualmente dominando el lied, como en Soledad, pero estos detalles no pueden ir en detrimento de lo que fue una sobrecogedora versión del Viaje de Invierno.
         La pianista Inger Södergren cumplió a la perfección la idea de que en este tipo de repertorio el piano no puede ser un mero acompañante y caminó en la misma dirección que la contralto, reflejando la expresión de la música de Schubert, con especial atención al carácter sugerente de las melodías, líricas, delicadas, desnudas o dolientes. Hay rincones, claro, a los que nunca se llega.
         Un éxito, este Winterreisse que estuvo planteado de forma admirable y que acabó con un ausente, moribundo, Der Leiermann, en donde la voz concluyó despojándose de todo mientras el piano imitaba el sonido del organillo.
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CANTO EN ESTADO PURO
José María Morate
El Norte de Castilla, 12 de mayo de 2003
Crítica de Música.
         Grata y difícil tarea comentar este gran concierto. Grata porque lo es comentar lo extraordinario; difícil, porque faltan palabras y espacio para describir lo que Nathalie Stutzmann fue capaz de hacer con el maravilloso ciclo de veinticuatro lieder que integran ese Viaje de Invierno schubertiano.
         Primero la voz: aterciopelada, cálida, uniforme; de graves llenos, suaves, profundos, colocados; capaz de crecer u octavar en ambos sentidos sin forzar ni variar de color; rica en armónicos sin mácula para la afinación, apoyada en una técnica respiratoria prodigiosa. Luego el canto; qué vocalización que deja oír cada una en grupos de tres consonantes, qué línea y qué fraseo en pulcro legato y fiato larguísimo, qué capacidad par articular palabra a palabra, acentuar una en staccato o detenerse levemente en otra en seguimiento puntual del texto, y qué expresividad pura, sin amaneramiento, fruto del conocimiento y del estudio que le permiten hacerlo de un tirón y de memoria. Y qué bien la pianista, a nuestro entender colaborando, subrayando, planteando o protagonizando según momento y atmósfera, en ese segundo plano, pero presente.
        El ciclo, maestro en el muestrario de posibilidades de composición variada del género lied, tuvo momentos impresionantes. ¿Elegir? El hermosísimo El Tilo; expresión dramática en Soledad, sombrío el declamado Cabeza Gris o un cierre tan bello como el de El Organillero. Setenta y cinco minutos de placer, agradecidos con intensidad y reiteración por un público siempre escaso.
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