| El Norte de Castilla | El Mundo | inicio | |
| LA FUERZA DE UN VIRTUOSO | |
|
|
|
Con sólo veinticuatro años, Gottlieb Wallisch es ya uno de los nuevos valores de la música austriaca. En 1999 se convirtió en el más joven de los premiados en el Concurso Internacional de Piano Reina Isabel de Bélgica, ha realizado con éxito giras por todo el mundo, y en 2001 debutó en el Festival de Lucerna y el pasado verano, en el de Salzburgo. Además, ha grabado varios discos.
Para el concierto de Valladolid, organizado por la Asociación Cultural Salzburgo en el ciclo previo al II Festival Internacional de Música de Castilla y León, Wallisch eligió un programa difícil no sólo por los problemas que pudiera plantear su ejecución, sino porque no estaba formado por las obras más conocidas del público. Así, lo inició con una sonata de Haydn, escrita en 1794 y en la que ya se apunta la profundidad del Romanticismo, que el pianista interpretó con indiscutible elegancia. Siguió con las Variaciones sobre un tema de Schumann, que ejecutó a la perfección. Fue, sin embargo, en la Fantasía en fa menor, op. 49, de Frederic Chopin, donde, con gran pasión, logró vencer todas las dificultades de la pieza y además transmitir su fuerza, mezclada con cierto lirismo, al espectador. El concierto terminó con una perfecta y brillante ejecución de la Sonata para piano en do menor, D. 958 de Schubert, aplaudida, como el resto, con entusiasmo. | |
| El Norte de Castilla | El Mundo | inicio | |
| TALENTO EMERGENTE AL PIANO | |
|
|
|
Rotundidad sonora, contundencia expresiva una digitación siempre segura, fue la carta de presentación que el pianista Gottlieb Wallisch exhibió en su recital organizado por la Asociación Cultural Salzburgo. En una sala no del todo adecuada, aunque no mostrase malas condiciones acústicas, con un piano de sonido algo seco, Wallisch comenzó su intervención con la Sonata para piano en Mi bemol mayor Hob. XVI-52 de Haydn. El pianista austriaco supo atenerse al carácter de la obra, alejándose de ofrecer los pasajes virtuosísticos como meros fuegos de artificio e integrándolos como un elemento más de la sonata. En el tiempo largo captó la emotividad del mensaje, aunque a veces sonara demasiado rotundo, y en el final presto mantuvo el sentido rítmico. Tendió algo a los sonidos staccato, sensación acrecentada posiblemente por las características de la sala y del instrumento. Schumann recreado por su mujer, Clara Wieck, que tanto hizo por dar a conocer su obra. De ella interpretó las Variaciones sobre un tema de Robert Schumann, op. 20, y no dejó pasar la ocasión para recrearse en el lirismo y en el sentido del rubato. A partir de ahí fue creciendo el sonido al tiempo que el intérprete introducía sonidos cada vez más robustos. Pudo en algún momento exagerar el gesto. En la Fantasía en fa menor op. 49 de Chopin, el impuso el talento de su poderoso virtuosismo, capaz de superar las pruebas técnicas del piano chopiniano con un sonido desbordante, un derroche de energía y la capacidad de alternar lo lírico con lo dramático. Dejó para el final del programa esa joya del arte compositivo de Schubert como es la Sonata para piano en do menor, D. 958, y la abordó desde un punto de vista siempre intenso, sin renunciar por ello a los detalles, ni a la sugestión infinita de la obra. Wallisch marcó sus señas de identidad desde el inicio en los acordes ritmados; después su piano sonó sombrío y poético en el adagio y en el minueto bordó su sutil expresión. Llegó al allegro final dando rienda suelta a la sonoridad, imbuída por la libertad formal y dominada por una desbordante imaginación, portadora de un ímpetu continuo, hasta concluir en dos acordes secos. Fue precisamente en la sonata de Schubert, muestra de la plenitud creadora del compositor, donde Gottlieb Wallisch desarrolló más y mejor toda la energía de su personalidad artística. | |
| El Norte de Castilla | El Mundo | inicio |