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| Y POR FIN... ¡ZIMERMAN! | |
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Tras dos intentos frustrados, la audiencia
vallisoletana y foránea pudo, por fin, disfrutar de la interpretación de uno de los
mejores pianistas del momento. Una demora digna de espera ya que son pocos los músicos
actuales en los que se puede admirar una interpretación muy por encima de las necesidades
técnicas del instrumento, como es el caso de Krystian Zimerman. De esta manera, el
pianista polaco se sobrepuso al juego de palancas propio del mecanismo del piano para hacer de
sus propias yemas de los dedos los macillos que acariciaban las cuerdas del instrumento, lo que
generó una innumerable gama de timbres y colores. Recurso que utilizó
magistralmente en todas y cada una de las obras.
En la Sonata nº 31 de Beethoven, Zimerman ya desplegó su amplia paleta de sonoridades, mostrando una gran claridad melódica desde los primeros compases, claridad que no se perdió en ningún momento pese a la gran densidad que va adquiriendo la sonata en su desarrollo. Admirable fue el dificilísimo adagio, una de los momentos más complejos de toda la obra musical de Beethoven, en el que consiguió crear la atmósfera densa, y sencilla al mismo tiempo, propia de las obras de madurez del compositor alemán. El resto del concierto estuvo integrado por dos obras de J. Brahms: las seis piezas del op. 118 y la monumental tercera sonata op. 5, esta última abarcando toda la segunda parte dada su longitud. En ambos casos, Zimerman aumentó su gama de fuertes y elaboró un sonido con mucho más peso y redondez, respondiendo así a las necesidades pianísticas que requiere una buena interpretación de la densa obra para piano de Brahms. Esto, junto a su continua experimentación con los sonidos y a su elegante fraseo, provocó una gran expectación en el público que asistió con un admirable respeto, a la magistral interpretación, consiguiendo que hasta los silencios formaran parte de la evolución de cada una de las piezas. Gran comportamiento del público vallisoletano, cuyos numerosos aplausos al final del concierto no se vieron recompensados con ningún bis. Zimerman puede hacer gala de una medalla que pocos se pueden colgar y es la de conseguir que las obras más complejas emanen sencillez. Animamos a la Asociación Salzburgo a que continúe brindándonos la posibilidad de escuchar interpretaciones que tornen lo complejo en sencillo. | |
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| INCONMENSURABLE ZIMERMAN | |
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Krystian Zimerman cimentó el éxito de su
recital en la profunda concepción de las obras y en el tratamiento del sonido, de matices
sorprendentes. Es difícil explicar lo que hizo con él, cómo fluyó en
todo momento, llegando siempre subyugante, incluso cuando era casi imperceptible.
Habría que sacar a relucir todos los adjetivos, hablar de Poesía, de fraseo, y caer posiblemente en cierta reiteración. Hacer un análisis, por otra parte interesante, basado en las cualidades técnicas de las obras y su forma de abordarlas podría resultar esfuerzo vano, ante versiones tan grandes y hondas, en las que la arquitectura de las composiciones y su percepción sensitiva funcionaron con semejante simbiosis. Capacidades sensibles, técnicas e intelectuales del intérprete al servicio de las obras, para ofrecer un concierto memorable. Y para comenzar Beethoven y su Sonata nº 3l, obra postrera en la que se encuentra la huella de su grandeza. Zimerman se recreó en las medias voces, en la luz que transmite el primer movimiento, en el ambiente que creó de silencios y sonidos puros. Ritmo rápido que fluye con absoluta maestría del piano en el Allegro molto. ¡Qué emoción transmitió su melodía en el agudo! ¡Cuanta energía desplegada en sus acordes!. Los dos primeros tiempos preparan la llegada del último, fugado. Instantes de reflexión del pianista antes de atacarlo, que parecen subrayar su importancia. Fuga a tres voces, que se repite, y en medio el arioso, tratado por Zimerman con sonidos etéreos, delicados, de una rara viveza. Tras Beethoven, todo Brahms. Klavierstücke Op. 118, reflexión de un compositor maduro. íntermedios, balada, romanza, tocados con precisión. Segundo Intermezzo lleno de lirismo, que parte de vibrantes acordes para incidir en texturas delicadas. En el Intermezzo en fa menor el pianista se puso de pie para cargar su peso sobre el grave, detalle que habla de la entrega del pianista. Ultimo Intermezzo, reflexión sobre la muerte, visión dolorosa y al mismo tiempo contenida en las manos de Zimerman. Sonata nº 3 de Brahms, de color orquestal, que va alcanzando en el piano de Zimerman cada vez más profundidad en sus rasgos. Comenzó con un sonido exuberante, extrovertido, para ir ofreciendo a cada paso una visión más compleja de la obra. Todo tipo de estados de ánimo que Zimerman captó y desarrolló hasta el final de la obra, que creció grandioso y emocionante. Un acontecimiento, la música de Beethoven y Brahms emergiendo de la manos de un gran intérprete. | |
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| LA PUREZA DEL SONIDO | |
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Tras dos intentos malogrados, por fin se pudo
celebrar el esperado concierto de Zimerman. Y mereció la pena la espera. El pianista
polaco tiene ganado un puesto entre los mejores del mundo y desde luego, ayer demostró
sobradamente esa posición. En la Sonata op. 110 de Beethoven que abrió el programa,
Zimerman que tocó con una facilidad pasmosa, demostró desde los primeros compases
de la obra, un dominio total sobre el sonido del piano. Cada repetición, cada
modulación o cada contraste rítmico era aprovechado para dejar algo personal,
apoyado en esa capacidad de expresión original, fruto de un elaborado trabajo que comienza
en la pulsación y termina en el pedal. Entre ambos, Zimerman cimenta un sonido
único de gran calidad. Ya en Beethoven disfrutamos desde la inocencia del comienzo hasta
los sobresaltos finales.
Las Klavierstücke op. 118 de Brahms se caracterizan por su equilibrio estructural. Las seis obras combinan fragmentos opacos y resplandecientes, con el denominador común de la meditación. Las piezas que aparentemente muestran poco, son confidencias de Brahms, que salen raramente a la luz, sin embargo Zimerman hizo de ellas auténticas esculturas sonoras. Poco a poco fue modelando cada motivo: primero la pasión, después la poesía llena de melancolía y lirismo. Fogosidad en la Balada, calma de la Romanza (Bach está presente en los fraseos), y desnuda frialdad en la pieza final. Pero un intérprete de la categoría de Zimerman, tenía que ofrecer aún más. Por eso escogió para la segunda parte la Sonata nº 3 en fa menor, también de Brahms. Obra de arquitectura sólida, que contiene lo mejor de la producción del autor: gran variedad de ideas y un apasionado lirismo presente en cada motivo, todo ello dentro de una magistral coherencia estilística. La mejor virtud de Zimerman, su dominio del sonido, fue puesta a disposición de la libertad expresiva que demanda esta obra capital. En el allegro maestoso, una gran fuerza emerge de su sonido prodigioso. El andante fue la expresión total. Zimerman nos hizo penetrar en una dimensión contemplativa a través de su sonido cristalino, lleno de inspiración. Los caprichos del scherzo tientan a Zimerman a buscar la perfección imposible. Aún así, lo intenta lanzándose a los confines del cataclismo rítmico. En el intermezzo la calma se mantiene a duras penas tentada por los bajos. Zimerman logró sonidos etéreos, forzando al máximo el uso del pedal. Los graves son atacados con rabia, alternados con pianísimos sublimes. El contraste genera tensión haciendo que el oyente permanezca concentrado ante el poder hipnótico del sonido del polaco. Un gran éxito. | |
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| EL CANTO DE LOS DEDOS | |
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Más vale tarde que nunca, reza el
refrán y la evidencia lo ha vuelto a corroborar una vez más. Los dos aplazamientos
que el pianista polaco Krystian Zimerman efectuó antes de presentarse ante el
público vallisoletano en el auditorio de la Feria de Muestras el pasado martes, organizado
por esa modélica Asociación que es la Salzburgo, merecieron la pena y confirmaron
al respetable que escuchar a uno de los cinco más grandes pianistas del momento es un lujo
que no sucede todos los días y mucho menos ofreciendo un programa como el que brindó.
El pianismo moderno oscila sin rubor entre el virtuosismo más deslumbrante y la técnica más despiadada, apareciendo en raras ocasiones un tercer elemento aglutinante de ambas que es el de la inspiración, ese don divino del que todos hablan pero pocos conocen. Ese toque maestro que hace posible que un determinado trabajo se convierta, por obra y gracia del intérprete, en poesía, en algo tan difícil de definir que únicamente los que lo poseen lo pueden trasmitir. Krystian Zimerman lo tiene y, lo que es mejor, lo sabe acercar al oyente en todas las formas posibles. Sencillo en el gesto y con un cierto toque de divismo en el ademán, el pianista polaco prefiere la naturalidad al ornamente innecesario, transformándose ante el teclado de forma cautivadora, intentando que aquellas blancas y negras rayas que se deslizan entre sus dedos sean una prolongación de su ser sobre las que puede depositar, a veces con delicadeza, a veces con energía, todas las sutilezas que esconde el pentagrama memorizado. Con un fraseo delicadísimo y un portentoso rubato, trabajó Zimerman la masa sonora de esa Sonata nº 31 de Beethoven como un escultor la piedra. Fue extremadamente Iírico en el moderato, vigoroso y colorista en el allegro y sumamente elegíaco en el adagio, superponiendo los rubati y sometiéndolos a una dinámica que rozó la polifonía del fraseo. Magia de pianismo Lo que seguidamente hizo con los Klavierstücke de Brahms fue magia de pianismo. Logró atrapar aquellas deslumbrantes notas por sorpresa y colocarlas al borde mismo de la genialidad. Los seis fragmentos poseen una fuerte unidad por su hábil correlación sonora y una riqueza armónica desbordante que desemboca en un juego modulatorio al que Zimerman trató como postales de un álbum, desplegando toda las sutilezas expresiva de cada secuencia, pletóricas a su vez de perenne lirismo. En la segunda parte, la tensión fue in crescendo, mientras en la sala el silencio se hacía cada vez más impresionante. Un público atento, que recibía cada nota del oficiante como un ósculo de inspiración, supo mantener ese grado de expectación a lo largo de, toda la Sonata nº 3 en fa menor de Brahms, la última que escribiera el autor del Réquiem Alemán y una de las más experimentales del maestro pues en lugar de contar con los cuatro tiempos habituales de las sonatas consta de cinco, en los que se alternan los tempos rápidolento-rápido con una interrelación temática entre los tiempos lentos. Un allegro maestoso, arrollador, que el maestro polaco inició sin que los aplausos se hubieran diluído, marcó el comienzo de esta sorprendente obra cuyo arranque parecen descomunales martillazos mientras aparece el leitmotiv que se mantiene durante todo este fascinante allegro sólo transformado levemente a lo largo de él. Con esa expresividad contenida tan característica en Zimerman, éste diseccionó cada fragmento del andante dándole ese aire soñador y tierno que culmina en la fulgurante coda conclusiva toda ella ahíta de arrebatadora nostalgia. Tras un brillante scherzo al que siguió casi sin pausa el intermezzo con ecos del tema principal del segundo tiempo en el que predomina la estructura polifónica, Zimerman atacó el finale con fuerza contenida empleando toda la mano izquierda para obtener el sforzando requerido en este rondó libre donde la música desesperada se contrapone a una suerte de felicidad en un juego indeterminado. En un solo acorde el genial intérprete trasmitió toda la fuerza interna de este tempo vigoroso, logrando modulaciones sobrecogedoras a través de un pedal generoso pero no abusivo. Un soberbio concierto de un maestro de maestros y un éxito más conseguido por la Asociación Salzburgo. | |
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| SE ESPERABA MUCHO Y OFRECIO MAS | |
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Tras dos cancelaciones por enfermedad, Krystian Zimerman ofreció su
recital en Valladolid, que estuvo formado por obras de Beethoven y Brahms.
No es fácil definir, encerrar en una crónica, lo que ofreció Zimerman; arte con mayúsculas basado en una perfecta simbiosis entre el dominio de la arquitectura de las composiciones y su percepción sensitiva. ¡Increíble la pureza y profundidad en la emisión del sonido!. Fue capaz de presentarlo en toda su fuerza y reducirlo al mínimo, sin perder ni un ápice de brillo. La Sonata en la bemol mayor es la penúltima del ciclo sonatístico beethoveniano. Elementos espirituales, lirismo, desbordantes en las medias voces del primer movimiento, que tuvo su continuidad en el segundo, pleno en sus contrastes rítmicos. Y al término de los mismos unos segundos de reflexión, como si el pianista quisiera subrayar la importancia de la fuga a tres voces. Repetición del La, que conduce al arioso doliente, pleno de luz, de una extraña y delicada viveza. Tocó las Piezas para piano de Brahms con precisión, pasando de los sonidos más extrovertidos, en el impulsivo arranque, a momentos dominados por un profundo lirismo. Intermezzo final que habla de la visión de la muerte conmovedoramente doloroso. La Sonata Nº3 es una obra de timbres y colores orquestales, de gran calado. Toda una creación en las manos de Zimerman, que inició con sonidos exuberantes, para poco a poco ir ahondando en terrenos cada vez más complejos. Diversos estados de ánimo tuvieron cabida en la versión de Zimerman. Expresión para nada uniforme, que multiplica en cada sonido los valores de una expresión profundamente rica y variada. Emoción, intensidad, ataque de acordes con toda la fuerza, momentos íntimos, para concluir la sonata de forma grandiosa. Nada escapó a la prodigiosa visión de las obras de un pianista llamado Krystian Zimerman. | |
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| UN SONIDO MAGICO | |
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Volvió Krystian Zimerman a
Valladolid, siempre con la Asociación Cultural Salzburgo. El Auditorio de la Feria de
Muestras testificó el mágico fenómeno acústico que el polaco extrae
del teclado; puede que los tempi rápidos tuviesen alguna veladura, pero la claridad
conceptual personal y esa aterciopelada sonoridad que su sutilísimo toque genera,
hicieron memorable la sesión. La penúltima Sonata de Beethoven, op. 110,
tuvo modélico tercer movimiento de impresionantes y fantástica fuga plena y
expresiva.
Brahms juvenil en la Sonata en fa menor op. 5: generador andante bien expuesto y soberbio Intermezzo; y maduro Klavierstücke, op. 118, con Balada, Romanza e Intermezzo de altísimo nivel. Exito absoluto. | |
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